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Dale importancia a lo que ya te dices

Pese a riesgo de sonar intensa, creo que nuestro cuerpo y nuestra mente están lanzándonos mensajes de manera continua, alertándonos de lo que pasa con nosotros y a nuestro alrededor. ¿A qué me refiero con esto? A que cuando estamos más irritables, dormimos peor, tenemos taquicardia, se nos olvidan las cosas… A lo mejor estamos pasando por una temporada de estrés. Y al revés, cuando te levantas de la cama en cuanto suena la primera alarma, tarareas por los pasillos de tu casa y tienes más paciencia con tu entorno, puede que estés haciendo algo bien.

Muchos pensaréis que esto es obvio, que no hace falta ser un genio para atar cabos. Pero por ejemplo en mi caso, desde que soy pequeña mis padres se han reído porque decían que yo era una mente a la que le había tocado ser acompañada de un cuerpo contra su voluntad. Eso qué causa; que yo me vaya dando golpes con las cosas y no me dé cuenta; que me tiemblen las manos, me cueste coger aire y no sepa qué me pasa. El no escuchar hace que lo que mi cuerpo me dice, la información que está intentando transmitir, se quede por el camino.

Y eso pasa factura, ya no digo a nivel de salud, de ánimo o en nuestras relaciones interpersonales. También pasa factura a la hora de hacer nuestro trabajo.  Cuando estamos trabajando y no estamos teniendo una experiencia productiva, es mejor dejarlo. Si estás en un hoyo, deja de cavar. Mira qué estás haciendo e intenta no repetirlo la próxima vez. El no escucharnos cuando sí estamos teniendo una experiencia productiva también es negativo, porque nos será más difícil saber qué estamos haciendo bien y cómo repetir esa experiencia en un futuro.

Es muy fácil caer en la desconexión con nuestro cuerpo, hasta es más cómodo muchas veces, pero dejar de escuchar no quiere decir que nuestro cuerpo nos deje de hablar. En el curso de GTD hay una dinámica a la que, por este mismo motivo, yo nunca le había dado mucha importancia, siempre me había parecido bastante irrelevante. Consiste en identificar qué mensajes nos mandamos a nosotros mismos, nos está mandando nuestro cuerpo o nuestro entorno cuando estamos teniendo una experiencia productiva y cuando no la estamos teniendo. Pero el otro día, hablando con Jordi sobre esto mismo, dijo una frase que me llamó mucho la atención y, por fin, después de mucho tiempo, le vi el valor a la dinámica. «En esta dinámica lo que intentas es darle valor a lo que ya te dices».

Para una persona como yo, que no solo no le da importancia, sino que ignora de la manera más absoluta lo que me dice el cuerpo, esto choca. Pero si le das vueltas, si te empiezas a fijar, te das cuenta de que las señales están ahí. Cuando llevas semanas con insomnio y de repente consigues tomar esa decisión que estabas procrastinando, duermes bien. Cuando tienes por fin claro cual es el siguiente paso en ese gran proyecto, dejas de tener taquicardia. Cuando haces deporte, contestas con más benevolencia a ese chaval que se ha chocado contigo por la calle. La productividad personal tiene una parte enorme de conocerse a uno mismo. Saber cuáles son tus puntos débiles y tus puntos fuertes. A qué hora tenemos más energía. Qué cosas hacen que nos volvamos totalmente inútiles a la hora de trabajar. Qué nos hace más productivos. Cuántos temas podemos llevar encima sin derrumbarnos…

Si no te escuchas, no te conoces. Si no te conoces, avanzar en tu camino con GTD, en tu productividad personal e incluso en tu vida en general se hace mucho más cuesta arriba, no sólo porque no tienes ninguna estrategia para dejar de tropezarte con la misma piedra sino porque no sabes cuando algo particular que has hecho ha supuesto un gran cambio a mejor en tu rendimiento.