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Mes: noviembre 2019

Tu GTD es solo tuyo

En línea con el post de la semana pasada, no le tienes que dar explicaciones a nadie sobre lo que está en tu sistema. Me explico, porque es relativamente fácil malinterpretar la frase que acabo de decir.

Cuando empiezas a usar GTD y eres inexperto, es fácil que un cambio en la metodología, que a ti te parece inocuo, te lleve directo al «infierno de GTD», pero tener un sistema que sea «tuyo» te puede hacer mucho más fácil su implementación.

Cuando digo que tu GTD es solo tuyo, lo hago teniendo muy en cuenta una anécdota que nos contó Todd en el curso de certificación que hice en Londres a principios de año. Contaba que una vez le estaba haciendo un programa de Coaching GTD a una actriz y que, cuando llegaron al tema de los contextos, ella le preguntó que si podía cambiarle el nombre a éstos por algo que le pareciera más familiar.

Mientras «montaban» su sistema, sustituyó el nombre típico del contexto por nombres de películas. El contexto «@oficina» se convirtió en el contexto «@Nine to Five» y «@casa» pasó a ser «@ET».

Muchas veces aprender GTD nos es ajeno, y se nos hace frustrante. Porque es necesario interiorizar muchos hábitos nuevos que nos resultan extraños. Hacer pequeños cambios que nos hagan sentir más seguros o familiares con nuestro sistema no sólo no es algo negativo, sino que nos puede ayudar a no «caernos de la tabla» cuando estamos empezando.

Yo nunca he sido especialmente creativa con el nombre de mis contextos, pero sí lo he sido mucho con las siguientes acciones o con los recordatorios de mi calendario. Sacado tal cual de mi sistema (bueno no tal cual, he censurado las «palabrotas») yo tengo una acción en el calendario todos los lunes llamada: «REVISIÓN SEMANAL NO TE LA SALTES». Una lista «Algún día / Tal vez» llamada «Cuando tenga coche voy a ser la *****» y otra «Compritas que ambas sabemos que queremos hacer».

En cuanto a las acciones, o a los nombres de proyectos, es más de lo mismo. Puede ser desde un proyecto llamado «He conseguido que el c**** de mi profesor me ponga el 10 que merezco» o una siguiente acción que se llame «encontrar y comprar una novela que llene el vacío que x libro ha dejado en mi vida».

Si os fijáis, pese a que dicen mucho sobre lo poco en serio que me tomo determinadas cosas, sigo usando el formato GTD. La acción de calendario sigue siendo una cosa que necesita hacerse en un día en concreto; el nombre del proyecto sigue expresando un resultado deseado y mi siguiente acción es física, visible e imposible de procrastinar.

GTD es artesano y, aunque es muy importante respetar la metodología, puede ser todo lo tuyo que quieras hacerlo

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Que no te dé vergüenza capturar

Cualquiera que haya tratado conmigo de cerca sabe que soy una gran fan de Almodóvar. Raro es que no acabe citando una de las frases de sus películas cuando algo me recuerda a ello. Viendo «Dolor y Gloria», una frase me llamó especialmente la atención: «Lo escribí para olvidarme de su contenido, pero no quiero hablar de ello». Aparte de que es un «peliculón» y de que todo el mundo debería verla, esa frase me recordó uno de los grandes problemas a los que me enfrenté yo cuando empecé a usar GTD.

Ya lo he dicho antes, en algún que otro post, pero yo soy una persona que se mueve mucho en el mundo de las ideas. Eso quiere decir que, de manera constante, hay miles de cosas que me llaman la atención y se me ocurren millones de cosas que quiero hacer, que me gustaría probar o que tengo el sueño de experimentar. Supongo que es algo que le pasará a mucha gente.

Al principio, ese tipo de ideas no las capturaba. Uno de los grandes obstáculos que me he puesto a mí misma en el camino para dominar GTD, y probablemente haya más de un post sobre este tema, es la culpabilidad. La culpabilidad a la hora de capturar hacía que cosas que claramente eran imposibles, inalcanzables, no fueran «dignas» de sacarlas de mi cabeza.

Y el problema es que, cuando algo no sale de tu cabeza, sigue haciendo ruido.

Muchas veces se nos ocurren ideas absurdas o tenemos ganas de hacer cosas que nos parece obvio que no vamos a hacer. A lo mejor tiene que ver con que sigo siendo una niña grande, pero cada dos por tres se me ocurre un nuevo idioma que quiero aprender, la idea para una novela que quiero escribir o un nuevo deporte que quiero perfeccionar.

Y es importante tener claro que capturar algo, no nos obliga a hacer algo con ello. Ni siquiera nos obliga a decidir sobre si vamos o no vamos a hacer algo si no queremos. Siempre se pueden meter las cosas a la incubadora. No hay nada más personal ni más privado que una lista «Algún día/Tal vez». No tienes que querer hacer todo lo que capturas. Pero permítete ser un poco creativo. Salir un poco de tu zona de confort, al menos a la hora de capturar.

Siendo realistas, el noventa por ciento de las cosas que tengo yo en mi incubadora no se harán realidad nunca, pero ¿qué daño hace saber que están ahí, que ese sueño que tuve hace cuatro años de hacer una ruta por el Amazonas sigue en mi sistema, que no lo he perdido de vista y que, si algún día tengo los recursos (y la valentía) de hacerlo, no se me va a pasar por alto?

La mayoría de la gente de mi entorno (y me incluyo) tiene el foco muy puesto en el hoy, o en el futuro cercano, pero es imposible saber lo que va a pasar en un futuro. No tienes por qué querer hacer todo lo que está en tu incubadora, ni tienes que darle explicaciones a nadie sobre lo que está en tu sistema.

Si hay dos conclusiones en este post es que todo lo que está en tu cabeza y no en tu sistema molesta, y hace ruido. Y que no nos dé vergüenza ser un poco infantiles, un poco utópicos y un poco idealistas a la hora de capturar, que no hace daño a nadie. 

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Dale importancia a lo que ya te dices

Pese a riesgo de sonar intensa, creo que nuestro cuerpo y nuestra mente están lanzándonos mensajes de manera continua, alertándonos de lo que pasa con nosotros y a nuestro alrededor. ¿A qué me refiero con esto? A que cuando estamos más irritables, dormimos peor, tenemos taquicardia, se nos olvidan las cosas… A lo mejor estamos pasando por una temporada de estrés. Y al revés, cuando te levantas de la cama en cuanto suena la primera alarma, tarareas por los pasillos de tu casa y tienes más paciencia con tu entorno, puede que estés haciendo algo bien.

Muchos pensaréis que esto es obvio, que no hace falta ser un genio para atar cabos. Pero por ejemplo en mi caso, desde que soy pequeña mis padres se han reído porque decían que yo era una mente a la que le había tocado ser acompañada de un cuerpo contra su voluntad. Eso qué causa; que yo me vaya dando golpes con las cosas y no me dé cuenta; que me tiemblen las manos, me cueste coger aire y no sepa qué me pasa. El no escuchar hace que lo que mi cuerpo me dice, la información que está intentando transmitir, se quede por el camino.

Y eso pasa factura, ya no digo a nivel de salud, de ánimo o en nuestras relaciones interpersonales. También pasa factura a la hora de hacer nuestro trabajo.  Cuando estamos trabajando y no estamos teniendo una experiencia productiva, es mejor dejarlo. Si estás en un hoyo, deja de cavar. Mira qué estás haciendo e intenta no repetirlo la próxima vez. El no escucharnos cuando sí estamos teniendo una experiencia productiva también es negativo, porque nos será más difícil saber qué estamos haciendo bien y cómo repetir esa experiencia en un futuro.

Es muy fácil caer en la desconexión con nuestro cuerpo, hasta es más cómodo muchas veces, pero dejar de escuchar no quiere decir que nuestro cuerpo nos deje de hablar. En el curso de GTD hay una dinámica a la que, por este mismo motivo, yo nunca le había dado mucha importancia, siempre me había parecido bastante irrelevante. Consiste en identificar qué mensajes nos mandamos a nosotros mismos, nos está mandando nuestro cuerpo o nuestro entorno cuando estamos teniendo una experiencia productiva y cuando no la estamos teniendo. Pero el otro día, hablando con Jordi sobre esto mismo, dijo una frase que me llamó mucho la atención y, por fin, después de mucho tiempo, le vi el valor a la dinámica. «En esta dinámica lo que intentas es darle valor a lo que ya te dices».

Para una persona como yo, que no solo no le da importancia, sino que ignora de la manera más absoluta lo que me dice el cuerpo, esto choca. Pero si le das vueltas, si te empiezas a fijar, te das cuenta de que las señales están ahí. Cuando llevas semanas con insomnio y de repente consigues tomar esa decisión que estabas procrastinando, duermes bien. Cuando tienes por fin claro cual es el siguiente paso en ese gran proyecto, dejas de tener taquicardia. Cuando haces deporte, contestas con más benevolencia a ese chaval que se ha chocado contigo por la calle. La productividad personal tiene una parte enorme de conocerse a uno mismo. Saber cuáles son tus puntos débiles y tus puntos fuertes. A qué hora tenemos más energía. Qué cosas hacen que nos volvamos totalmente inútiles a la hora de trabajar. Qué nos hace más productivos. Cuántos temas podemos llevar encima sin derrumbarnos…

Si no te escuchas, no te conoces. Si no te conoces, avanzar en tu camino con GTD, en tu productividad personal e incluso en tu vida en general se hace mucho más cuesta arriba, no sólo porque no tienes ninguna estrategia para dejar de tropezarte con la misma piedra sino porque no sabes cuando algo particular que has hecho ha supuesto un gran cambio a mejor en tu rendimiento. 

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Siempre hay cosas que se pueden hacer

Hay días en los que tenemos la cabeza en otra parte, nuestro Sistema 1 ha tomado el control de la situación. Ya sea porque estamos demasiado agobiados con nuestras responsabilidades o por temas en nuestra vida personal que no nos dejan pensar en otra cosa, simplemente hay días en los que enfrentarse a un inbox lleno o hacer esa tarea que lleva meses en nuestras listas se nos hace demasiado cuesta arriba.

Pero si usamos GTD, en nuestros contextos siempre hay cosas aclaradas, cosas en las que no necesitamos tener nuestro Sistema 2 en su mejor momento para hacerlas bien. Es una conversación que se repite de manera muy habitual. Con mis amigos universitarios si no tengo esta conversación tres veces por semana, no la tengo ninguna.

«Jo, tengo mazo cosas que hacer y no me he puesto a hacer nada, siento que no tengo claro por dónde empezar en ningún sitio, llevo todo el día mareando cosas». Tenemos derecho a tener días grises, días en los que forzarnos a pensar en ese ensayo que nos han pedido o esa presentación que tenemos que hacer es simplemente imposible.

Si tienes uno de esos días, abre tus listas. A lo mejor leer esa monografía de Bourdieu que has empezado siete veces y sigues sin entender deberías dejarla para otro día, pero sí que puedes pasar esos apuntes con música de fondo y un café calentito. Puedes empezar a buscar bibliografía útil para esa presentación que tienes que hacer el mes que viene, puedes hacer tareas chiquititas, que ya están pensadas con antelación y elegir de tus listas.

Puedes ir a tus contextos y buscar tareas de baja energía. En mi contexto «mochila» yo tengo dos sublistas definidas «leer» y «hacer». A lo mejor el día que he dormido peor o tengo la cabeza en otra parte, prefiero ir a la lista de «hacer» e ir tachando cosas.

Y eso es lo bueno de tachar, que una vez vas tachando, una vez te vas sintiendo más productivo, tu Sistema 2 va ganándole terreno a tu Sistema 1, que pensaba que iba a estar mandando lo que quedaba de día. Según tu energía sube, te puedes ir enfrentando a tareas más complejas, a cosas que te abruman más, sin sentir que has perdido el día no haciendo nada. Lo importante es empezar, es superar esa pereza o ese miedo de ver todo lo que tienes que hacer y no te sientes preparado para hacerlo

Hay veces que incluso hacer una revisión semanal, a poquitos, en tu cafetería preferida, con el murmullo de fondo, es de lo único de lo que te sientes capaz. Vale, no estás en tu mejor momento, pero procrastinar absolutamente todas tus tareas y sentir que ha sido un día inútil solo va a hacer que esa bola de estrés o de desánimo se haga más grande.

Es cierto que todos necesitamos días de descanso, y eso no está mal, pero hay veces que la vida sigue y dejarte un día de descanso es simplemente algo que no se contempla. En esos días, abre tus listas, no hace falta ni que aclares si no te ves capaz de aclarar bien, pero empieza con la tarea más pequeña, ponte a trabajar y el resto de las cosas irán saliendo.

Puede que por las circunstancias, lo que te toque hacer, sea leerte esa revista sobre ese tema que tanto te interesa y que llevas posponiendo semanas porque no es algo que te parezca importante, o buscar el regalo de aniversario de tu pareja que lleva en tu contexto más de dos meses. Los pasitos, aunque sean pequeños, son pasitos y nos dejan avanzar, y esa sensación de que estamos avanzando va haciendo más pequeñita esa nube gris que tenemos en la cabeza y al final del día puedes apagar el ordenador y decirte a ti mismo «hoy no ha sido un día perdido».

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